sábado, septiembre 17, 2011

Invisible

Sentada en la mesa
nada fluye
me levanto y me voy

Cómo
quisiera
desaparecer

Echarme en mi cama
dormir una siesta
pasear en bicicleta

Esa que llora
es mi niña interior

Sentada en la mesa
nada fluye
me quedo y me voy

viernes, septiembre 16, 2011

La Maison Dieu


         <<Soy el Templo: el mundo entero es un altar que sacralizo. Mi existencia, como la tuya, demuestra con cada latido de corazón que el mundo es divino, que la carne es una celebración viva, y la vida una construcción incesante. 
         Conmigo conoces la alegría, que es la llave de lo sagrado. Soy la vida misma, la transformación y la reconstrucción, la llama y la energía de lo vivo, de toda la materia y de todo el espíritu. Si quieren entrar en mí, tendrán que alegrarse, echar al fuego los caprichos infantiles de la tristeza y el miedo, y preguntarse a cada despertar: "¿Qué fiesta es?". Soy la alegría cataclísmica de lo vivo, el permanente imprevisto, la maravillosa catástrofe. 
         Una corona defensiva me alejaba del mundo. Un tapón de antiguas palabras obstruía mi mente, y nubes de sentimientos cristalizados, momificados, petrificados, impedían que surgiera la luz de mis latidos. Un manto denso de deseos que transformaban mis formidables ganas de vivir en carcelero. En carne sin Dios, consumiéndose en las llamas de su propia existencia, mi Yo convertido en prisión. 
         Despreciándome, aislándome, creyendo defender un territorio interior que sólo me perteneciera a mí, ¿qué era yo en la oscuridad de esta Torre? ¿Amo de qué? ¿De qué parecer, de qué falsa identidad? Solo era el aire enrarecido de una oscuridad egoísta. 
         Y, de repente, desde dentro y desde fuera surgió la fuerza innominable, el amor que sostiene la materia. Mi cima se abrió, mis cimientos también. Las energías del cielo y de la materia, uniéndose, me atravesaron como un huracán. Conocí el fuego del centro de la tierra, la luz del centro del universo. Recibí el eje universal, vibrante, dejé de ser Torre: fui canal.
         Entonces estalló la alegría de la unión. Lo alto era lo bajo, lo bajo era lo alto. Como una hormiga reina, empecé a engendrar seres alegres. Dios estaba en mí, y yo, sin ser Dios, era materia en adoración. Sabía que podía estallar, que cada uno de mis ladrillos cruzaría el infinito como un ave. Sabía que todo lo que había estado encerrado en la materia brotaría a través de mí. Yo era el pilar central de una danza cósmica, era sencillamente el cuerpo humano en plena recepción de su energía original.>>